Me hice hincha del Sport Boys más por casualidad que por convicción.
Un día, cuando tenía unos 7 u 8 años, fui a la casa de mi abuela, en la que también vivían mis primos, y los encontré jugando con un pequeño futbolín que enfrentaba a un equipo con camisetas blanquiazules, al que rápidamente identifiqué como Alianza Lima, contra uno de camisetas rosadas, al que no pude reconocer.
“¿Qué equipo es ese?” – pregunté.
“El Sport Boys” – me comentó mi primo, mientras manipulaba furiosamente los tubitos de metal en los que estaban insertos los jugadores para tratar de golpear la pelotita que iba y venía sobre ese pequeño rectángulo de madera. Eran los tiempos en que los partidos del campeonato local raramente se televisaban, y si eso ocurría, los veías en TV de blanco y negro (el uso de la TV a color aún no se extendía del todo), y por tanto, no se podía identificar con claridad cuál era el verdadero color de las camisetas de los equipos.
“Así que ese era el color de las camisetas del Boys” – pensé-, y de curiosas que me parecieron, me dije a mí mismo: “voy a ser hincha del Sport Boys”. Y no es que recién en ese momento haya surgido mi afición por el fútbol. El fútbol me gustaba, y hasta ese día era hincha de Universitario, pero solo porque era el equipo de mi papá y yo no sabía qué otro equipo escoger. Pero cuando vi ese futbolín en el que se habían pintado camisetas tan curiosas, se me dio por la novedad y cambié con entusiasmo de equipo.
Y aquello que empezó de la más pura casualidad, sin ningún tipo de fundamento futbolístico y solo respaldado por la inocencia de las decisiones que se toman a esa edad, se fue acentuando, sobre todo cada vez que por ahí alguien me preguntaba hincha de qué equipo era. “Soy del Boys” – decía-, y las sonrisas de mis interlocutores, que probablemente eran de burla o simple simpatía, pero que yo interpretaba como de aprobación, hicieron que reafirmara mi afición por la rosada, aún cuando ni siquiera había tenido la oportunidad de ver al equipo jugar.
Luego, ya cuando mi gusto por el fútbol iba en serio, hice el cálculo de que, probablemente, esto haya ocurrido en el año 1984, que fue justamente la última vez en que el Sport Boys salió campeón del fútbol peruano.
Un día, cuando tenía unos 7 u 8 años, fui a la casa de mi abuela, en la que también vivían mis primos, y los encontré jugando con un pequeño futbolín que enfrentaba a un equipo con camisetas blanquiazules, al que rápidamente identifiqué como Alianza Lima, contra uno de camisetas rosadas, al que no pude reconocer.
“¿Qué equipo es ese?” – pregunté.
“El Sport Boys” – me comentó mi primo, mientras manipulaba furiosamente los tubitos de metal en los que estaban insertos los jugadores para tratar de golpear la pelotita que iba y venía sobre ese pequeño rectángulo de madera. Eran los tiempos en que los partidos del campeonato local raramente se televisaban, y si eso ocurría, los veías en TV de blanco y negro (el uso de la TV a color aún no se extendía del todo), y por tanto, no se podía identificar con claridad cuál era el verdadero color de las camisetas de los equipos.
“Así que ese era el color de las camisetas del Boys” – pensé-, y de curiosas que me parecieron, me dije a mí mismo: “voy a ser hincha del Sport Boys”. Y no es que recién en ese momento haya surgido mi afición por el fútbol. El fútbol me gustaba, y hasta ese día era hincha de Universitario, pero solo porque era el equipo de mi papá y yo no sabía qué otro equipo escoger. Pero cuando vi ese futbolín en el que se habían pintado camisetas tan curiosas, se me dio por la novedad y cambié con entusiasmo de equipo.
Y aquello que empezó de la más pura casualidad, sin ningún tipo de fundamento futbolístico y solo respaldado por la inocencia de las decisiones que se toman a esa edad, se fue acentuando, sobre todo cada vez que por ahí alguien me preguntaba hincha de qué equipo era. “Soy del Boys” – decía-, y las sonrisas de mis interlocutores, que probablemente eran de burla o simple simpatía, pero que yo interpretaba como de aprobación, hicieron que reafirmara mi afición por la rosada, aún cuando ni siquiera había tenido la oportunidad de ver al equipo jugar.
Luego, ya cuando mi gusto por el fútbol iba en serio, hice el cálculo de que, probablemente, esto haya ocurrido en el año 1984, que fue justamente la última vez en que el Sport Boys salió campeón del fútbol peruano.
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| Obviamente, esta no es la imagen del futbolín al que hago referencia, pero me hizo acordar mucho a lo que ví esa vez |

Muy tierno el artículo de Jerónimo. Y pensar que yo me hice hincha del Boys para acompañar a mi hijo en su casi solitaria preferencia
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