Este es un blog que presenta recuerdos personales alrededor del fútbol. Algunos de estos recuerdos son de hechos o eventos conocidos, mientras que otros, de tan personales, probablemente solo hayan quedado en mi memoria. Y como lo bonito del fútbol deriva de algo más que el resultado de un partido o el logro de un campeonato, se me ocurrió la idea de compartir estos recuerdos, esperando que, quienes se animen a leerlos, tengan un motivo más para querer al fútbol.

domingo, 20 de noviembre de 2011

EL PRIMER RECUERDO, EL ÚLTIMO MUNDIAL

Ahora que, como anuncia el comercial de Telefónica, “la selección está de vuelta”, me puse a pensar en cuáles eran mis primeros recuerdos en torno a la selección, y sobre todo, las primeras sensaciones que me transmitieron los partidos que jugó, y el ambiente que se creó alrededor de ellos. Así, llegaron vagamente a mi memoria los partidos de la selección en el mundial de España 82’.

En realidad, no recuerdo nada de los partidos que Perú jugó contra Uruguay y Colombia para clasificar a dicho mundial. Recuerdo, sí, muy nítidamente, la canción de ese proceso, cuyo coro repetía permanentemente “¡Perú, a España 82!’” (y que dicho sea de paso, la música de fondo del comercial de Telefónica recoge como tema). Y a decir verdad, para ser más precisos, de los partidos de Perú en el mundial de España, tampoco recuerdo nada del que jugamos contra Italia, y muy a lo lejos el partido contra Camerún, aunque sí el hecho de que el gobierno de ese entonces decidiera suspender las clases en los colegios para que todos podamos verlo.

Del que sí tengo mayores recuerdos es del partido contra Polonia, donde nos jugábamos la clasificación a la siguiente fase. Y más que recuerdos visuales, porque no vi el partido (aquella vez las clases no fueron suspendidas, y tuve que ir al kinder), recuerdo la imagen de los profesores y alumnos del Waldorf, donde estudiaba,  nerviosos y esperanzados por lo que podía ocurrir ese día en La Coruña. Luego recuerdo, ya iniciado el partido, los murmullos que se esparcían entre los pasadizos y aulas del colegio, sobre cómo nos iban llenando la canasta: 1-0, 2-0, 3-0, 4-0, 5-0, y recién, sobre el final, el barullo silencioso y humilde por el gol de honor anotado, que sellaba el 5-1 y nuestra eliminación del último mundial en el que hemos participado hasta ahora.

Pero quizás la imagen que más me quedó grabada de ese día, al poco tiempo de terminado el partido, fue la sensación de tristeza que percibí en la calle, a la salida del colegio, y de la que no pude evitar contagiarme. Y calculo ahora, casi 30 años después, que la razón por la que recuerdo especialmente ese partido, sin que lo haya visto, es porque quizás haya sido la primera frustración futbolística que me tocó vivir, a pesar de que, a diferencia de lo que ocurriría ahora, no haya sentido una expectativa particular por el partido. Pero sí percibí y sentí, por primera vez, la ilusión que genera un partido de fútbol, y sobre todo, la decepción de la derrota. Y reflexionando sobre ello, me sigue pareciendo increíble, cómo a pesar del tiempo transcurrido y los golpes futbolísticos recibidos, esta ilusión se renueva siempre, por más mal que nos haya ido en el campeonato o en el partido anterior. Y esa, creo, es otra razón por la que me gusta el fútbol. Porque te ayuda a creer que las cosas, por más mal que vayan yendo, siempre pueden tomar un rumbo diferente.  
Titular del periódico ABC de España,
sobre la derrota de Perú ante Polonia.


Video con el resumen del 5-1. Fuente: Youtube

domingo, 30 de octubre de 2011

HINCHA POR CASUALIDAD

Me hice hincha del Sport Boys más por casualidad que por convicción. 
Un día, cuando tenía unos 7 u 8 años, fui a la casa de mi abuela, en la que también vivían mis primos, y los encontré jugando con un pequeño futbolín que enfrentaba a un equipo con camisetas blanquiazules, al que rápidamente identifiqué como Alianza Lima, contra uno de camisetas rosadas, al que no pude reconocer. 
“¿Qué equipo es ese?” – pregunté. 
“El Sport Boys” – me comentó mi primo, mientras manipulaba furiosamente los tubitos de metal en los que estaban insertos los jugadores para tratar de golpear la pelotita que iba y venía sobre ese pequeño rectángulo de madera. Eran los tiempos en que los partidos del campeonato local raramente se televisaban, y si eso ocurría, los veías en TV de blanco y negro (el uso de la TV a color aún no se extendía del todo), y por tanto, no se podía identificar con claridad cuál era el verdadero color de las camisetas de los equipos. 
“Así que ese era el color de las camisetas del Boys” – pensé-, y de curiosas que me parecieron, me dije a mí mismo: “voy a ser hincha del Sport Boys”. Y no es que recién en ese momento haya surgido mi afición por el fútbol. El fútbol me gustaba, y hasta ese día era hincha de Universitario, pero solo porque era el equipo de mi papá y yo no sabía qué otro equipo escoger. Pero cuando vi ese futbolín en el que se habían pintado camisetas tan curiosas, se me dio por la novedad y cambié con entusiasmo de equipo. 
Y aquello que empezó de la más pura casualidad, sin ningún tipo de fundamento futbolístico y solo respaldado por la inocencia de las decisiones que se toman a esa edad,  se fue acentuando,  sobre todo cada vez que por ahí alguien me preguntaba hincha de qué equipo era. “Soy del Boys” – decía-, y las sonrisas de mis interlocutores, que probablemente eran de burla o simple simpatía, pero que yo interpretaba como de aprobación, hicieron que reafirmara mi afición por la rosada, aún cuando ni siquiera había tenido la oportunidad de ver al equipo jugar. 
Luego, ya cuando mi gusto por el fútbol iba en serio, hice el cálculo de que, probablemente, esto haya ocurrido en el año 1984, que fue justamente la última vez en que el Sport Boys salió campeón del fútbol peruano.

Obviamente, esta no es la imagen del futbolín al que hago referencia,
pero me hizo acordar mucho a lo que ví esa vez